«Podemos poner un hombre en la Luna, pero no entendemos por qué bostezamos”. Esta frase tan certera y paradigmática fue pronunciada por Gary Hack, un científico de la Universidad de Maryland. Un gesto, aún tan incomprendido, que sigue siendo objeto de elucubraciones por parte de expertos en diferentes campos como el de la odontología, especialidad del propio Hack.

El bostezo es algo tan natural que, si te paras a pensar durante un segundo, recordarás que cuando has estado junto a un bebé lo habrás visto llorar, comer…y bostezar. Si un recién nacido llega a este mundo llorando, en el momento en el que la comadrona lo ha podido tranquilizar, su segundo gesto va a ser el del bostezo. Algo que harán no solo durante esa época precoz, sino también durante el resto de su vida.

Entonces, ¿por qué bostezamos? ¿Cuál es el sentido de un hecho que compartimos con algunos animales como los perros, leones, gatos o incluso rinocerontes?

Decenas de estudios y sigue siendo un pequeño gran misterio de la humanidad

Por muy extendido e interiorizado que esté eso de bostezar, aún no se sabe a ciencia cierta no solo los motivos de su acción, sino el propio objetivo de hacerlo. Aunque hay teorías y algunas causas que, más o menos, se han acabado aceptando, lo único cierto es que lo compartimos con otras especies, lo hacemos desde el mismo momento en el que nacemos y es algo que, sobre todo, se repite a primera y última hora del día.

Diferentes estudios, tras una investigación observacional de grupos de personas, concluyeron que la hora en el que más bostezábamos era la primera del día. Y, obviamente, en segunda posición se encontraba la que antecede al momento de meternos en la cama para dormir.

El hecho de que algo tan natural y cotidiano disponga de tanta bibliografía científica ya es algo curioso de por sí. De hecho, hasta la década de los 80 la explicación extendida por parte de los investigadores rezaba que el bostezo no era otra cosa que una reacción ante la privación del oxígeno. Al bostezar, podíamos introducir gran cantidad de aire en el cuerpo y aumentar el nivel de este en nuestra sangre. Sin embargo, esta hipótesis no sobrevivió los ochenta porque en 1987 fue descartada tras unos experimentos publicados.

Lo que sí es cierto es que el bostezo, de manera indirecta, realiza una doble función de oxigenar y refrescar nuestro cerebro, este gesto natural consigue mantenernos en alerta. Algo que explicaría porque lo compartimos con algunos animales. Una vez más, el instinto de supervivencia explicando tantas cosas.

Otros estudios han apuntado a campos tan diversos como la sexualidad (pocos bostezos indicarían que esa persona mantiene poco sexo), el grado de inteligencia o incluso la capacidad empática de los seres humanos. La frecuencia del contagio del bostezo viene determinado por la cercanía que tengamos con la persona que está bostezando. Es decir, será mayor si se produce entre familiares que si es con amigos o, por supuesto, desconocidos. Y las “culpables” de esto serían neuronas espejo.

Sea como fuere, es bonito pensar que a nivel biológico sigue teniendo un halo de misterio. Algo tan banal y natural que compartimos con tantas especies. Y mientras siguen investigando sobre los porqués de esta acción, nosotros seguiremos bostezando cuando estemos cansados, cuando nos despertemos tras un confortable sueño de ocho horas, cuando nos aburra la nueva serie de moda, cuando tengamos ansiedad, cuando tengamos hambre o cuando estemos nerviosos ante un hecho que no creemos dominar del todo.