Cómo afecta la luz diurna en nuestro descanso

Ago 18, 2020 | MEJORA TU DESCANSO, TE ACONSEJAMOS |

Cosas que nos encantan del verano: la playa, el sol, la piscina, las siestas, tomar una caña con los amigos, viajar, tener tiempo para leer, visitar el pueblo de nuestros abuelos… Cosas del verano que no nos gustan nada: acostarse en la cama y dar vueltas y vueltas sobre el colchón. Sin poder conciliar el sueño. Batallando contra un insomnio producido por el calor y por la mayor exposición a la luz diurna, dos enemigos del descanso estival. Analizamos un fenómeno que nos afecta a todos los meses más calurosos de julio y agosto.

Un clásico del verano: dormir peor que en otras épocas por la incidencia de la luz diurna en nuestro sueño

Una estampa habitual de los veranos es aquella en la que nos pasamos varias horas con la típica modorra (sobre todo después de una comida copiosa) que nos puede durar hasta media tarde y, de manera sorprendente, llegar a última hora con los ojos más abiertos que un búho. Justo en el momento en el que nos vamos a la cama, el sueño y el descanso se chocan frontalmente contra un enemigo común: una especie de insomnio ambiental.

Motivado por factores climáticos y la influencia de la luz diurna a la que nos enfrentamos en los meses más calurosos, este insomnio estival se cuela en nuestra rutina de verano. Como los cuadernillos Santillana de nuestra infancia o las siestas con el Tour de Francia como telón de fondo. Un problema para nuestra salud que puede llegar justo cuando tenemos más tiempo para descansar: las vacaciones.

Y todo ocurre porque durante el verano la duración del ciclo luz-oscuridad natural se modifica. Como ya sabemos, el número de horas del día se incrementa a la par que se reducen las nocturnas. Anochece más tarde y, además de las razones biológicas que hay detrás, como buenos animales sociales que somos, cambiamos nuestros hábitos: nos levantamos más tarde, nos acostamos de madrugada, comemos más, bebemos en mayor medida y, por lo general, vivimos más tiempo en la calle, abrazando el ocio hasta no dejar ni una gota.

Por todo ello, nuestro reloj biológico interno sufre un trastorno que afecta directamente al sueño. Este, igual que ocurre con otras funciones del organismo, está regulada por este reloj biológico que tanto nombramos. O lo que es lo mismo, una especie de centro neuronal cuyo objetivo es avisarnos de cuando debemos dormir y cuando despertarnos.

Obviamente, durante el resto del año este reloj biológico funciona de manera sincronizada con la suave exposición a la luz que tenemos. Es por ello que nos resulta más fácil conciliar el sueño en invierno u otoño. Pero claro, llega el verano. Y todos los factores que hemos mencionado con anterioridad (sobre todo la mayor exposición a la luz diurna) contribuye a que nuestro cerebro active el “modo sueño” mucho más tarde de lo que debería.

En conclusión, acciones tan cotidianas y apegadas al verano como cenar cuando aún es de día o acostarnos cuando apenas ha anochecido, puede afectar nuestra higiene del sueño tanto como tomarse un par de cafés extras a lo largo de la jornada.

¿Podemos disminuir la importancia de la luz diurna para dormir mejor?

Una vez descritos los motivos por los cuales nos puede resultar más complicado eso de dormir en los meses de verano, te estarás preguntando si hay manera de luchar contra ello. Aunque la luz y el calor sean elementos naturales con los que no se puede hacer nada, el comportamiento humano siempre puede influir en su cuerpo. Y en esta ocasión no existe excepción.

Como bien dicen los expertos en la salud y el descanso, pequeños gestos como ventilar las habitaciones durante el día (e incluso en las horas previas a irnos a la cama), hidratarse mucho, mantener una dieta equilibrada (a base de frutas, verduras ricas en triptófano y proteínas o lácteos), reducir el consumo de alcohol o evitar las horas de mayor exposición al sol. Todo ello, y según cómo encaremos estos actos, influirá en mayor o menor medida en la conocida como higiene del sueño.

En definitiva, acostarse una hora y media después de la cena (o dos horas si nos hemos pasado un poco), climatizar la habitación hasta lograr los ansiados 20 ó 22 grados (dependiendo de tu edad) y utilizando un colchón con un alto nivel de transpirabilidad (más unas sábanas acordes en transpiración), ayudará a mitigar la incidencia de la luz y nos ayudará a lograr el verano de nuestros sueños.